jueves, 6 de marzo de 2014

Un castillo para Joseph Haydn

En nuestros días la creación musical se sostiene y reproduce –en buena medida- gracias a las grabaciones, el comercio electrónico, los empresarios del espectáculo, los videos, la radio, la televisión, los ring-tones y la venta anticipada de entradas.

Entre el siglo 15 y el siglo 19 nada de esto existía. ¿Cómo fue posible entonces el florecimiento de la buena música en Occidente? La respuesta es, sin duda, gracias a personas acaudaladas y con cierto criterio musical a quienes llamamos mecenas. Entre ellos, algunos sustentaban a los compositores –que en esa época eran siempre intérpretes de renombre- por motivos funcionales: prestigio para sus reinos o música para las celebraciones litúrgicas, básicamente. Otros lo hacían por el mero placer de disfrutar el arte y engalanar las fiestas de sus residencias privadas. Entre estos últimos, el más brillante fue un aristócrata húngaro del Siglo 18: el Príncipe Miklós Esterházy, llamado “El Magnífico”.



 Los Esterházy tenían sus dominios (unas 150.000 has) en Sütör y Esterháza, hoy en día Comuna de Fertód, a pocos kilómetros del límite actual entre Hungría y Austria.  El castillo de 126 habitaciones, inaugurado en 1766 fue construido según el modelo del Palacio de Schönbrunn e inspirado en el fausto de Versailles. Allí vivió durante 24 años el compositor austríaco Joseph Haydn (1732-1809). Allí compuso y estrenó cincuenta de sus sinfonías y doce de sus óperas. Miklós Esterházy puso a sus órdenes una orquesta permanente e hizo construir detrás del palacio una Casa de Opera y un Teatro de Marionetas. El Príncipe y sus amigos contemplaban los estrenos desde los balcones y el pueblo de la comarca asistía (sin pagar entrada) desde la platea. Para las grandes celebraciones se organizaban representaciones musicales con fuegos de artificio en los jardines, donde cada mes se cultivaban unas 60.000 flores. Es fácil imaginarse el estremecimiento de campesinos y aldeanos rústicos confrontados a funciones sublimes y ostentosas que contrastaban con la sencillez de sus vidas. Es difícil concebir cómo Haydn podría haber creado su obra sin el apoyo de su generoso mecenas.



Durante la Segunda Guerra Mundial el Castillo sirvió como cuartel del ejército alemán y como hospital para los soldados soviéticos. Luego de algunos años de abandono ha recuperado su esplendor original. Sobre un trasfondo barroco es posible admirar esculturas, óleos, frescos y tapices de artistas húngaros y austríacos, el sistema de calefacción original (de tecnología avanzada para su época) y los costosos paneles que el Príncipe hizo traer de la China.  También lucen los apartamentos de María Teresa, especialmente diseñados para el confort de la Emperatriz que visitó Esterháza en 1773.



En los últimos años algunas dependencias fueron acondicionadas para alojamiento de turistas y la antigua Sala de los Granaderos hace las veces de restaurante abierto al público. Desde luego, la música sigue presente y son frecuentes las presentaciones en la Sala de Conciertos del primer piso y en el Teatro de Marionetas, recientemente restaurado.




En la tarde de nuestra visita pudimos disfrutar un concierto dirigido nada menos que por el maestro  Andreas Staier. Luego de la función departimos brevemente con Antall Esterhazy, un caballero amable y distinguido, descendiente directo del fundador del palacio y 13er Príncipe y jefe de la rama principal de la familia Esterházy de Galántha, quien accedió a que le tomáramos una foto.



En la noche fresca y serena, mientras caminábamos con Fabrizio rumbo a la verja principal, me regocijaba al pensar que, dos siglos y medio después, el fantástico Castillo de Fertöd sigue deleitando a las personas comunes que lo visitamos y que la legendaria grandeza de los Esterhazy sigue vigente. Como la música de Franz Joseph Haydn. 

jueves, 2 de enero de 2014

Un tango para Budapest

En el otoño húngaro, cuando el sol ya se ha ido y la nieve se hace esperar, me genera un sereno placer perderme por entre las calles de Budapest. No se trata sólo de su belleza: sino de la forma en que la ciudad me recibe y los recuerdos que me despierta. En Europa mis ciudades favoritas son Bergen, París, Venecia, Praga y Estocolmo. Pero en todas ellas me siento siempre extranjero. En Budapest no. Por momentos me olvido de la distancia y creo estar caminando por Buenos Aires; y esa sensación no tiene precio. Es difícil explicarlo pero hay algo en común entre ambas ciudades: a veces pienso que son como dos hermanas gemelas misteriosamente separadas al nacer.


Estas reflexiones podrían escandalizar a la lógica comercial de una agencia de turismo, pero no me refiero al Puente de las Cadenas, ni al Castillo de Buda, ni a la Plaza de los Héroes, sino a ciertos portones descuidados, a los edificios grises, a las miradas discretas, al aire de las calles anónimas y todos esos detalles inasibles que el marketing ignora y que construyen el alma de una ciudad.

Camino junto a un viejo museo y siento que deambulo por las calles inclinadas del Bajo porteño, en un día feriado; o de noche, cuando los bancos ya cerraron. Paseo por la elegante Avenida Andrassy rumbo al Oktogon y alucino que estoy por llegar a “La Biela” o a la panadería del “Hotel Alvear”. Ciertamente la historia podría respaldar algunas de mis sensaciones: Buenos Aires y Budapest (sobre todo Pest) florecieron económicamente y tuvieron un gran desarrollo edilicio en la misma época, a fines del siglo 19. Con sus evocaciones al pasado y su afán de grandeza, el neoclasicismo y la Belle époque dejaron entonces su marca sobre el cuerpo y el alma de ambas capitales: las dotaron de un monumentalismo elegante y le dieron un fundamento arquitectónico a la nostalgia característica de sus habitantes.


               

Ambas crecieron junto a un río legendario con el que no siempre tuvieron una relación sencilla. Budapest controló las crecidas del Danubio después de haber batallado por siglos contra ellas. Buenos Aires volvió su mirada al Plata luego de haberle dado la espalda por décadas, como si hubiese querido olvidar el verdadero origen de su población.

A la hora del almuerzo, desde el Mercado Central (un hermano mayor del Mercado del Progreso) cruzo hasta el Restaurante Pampas para deleitarme con un auténtico bife de chorizo que no tiene nada que envidiar a las carnes de las mejores parrillas de Buenos Aires (cuesta un poco más caro, eso sí). A través de las ventanas veo transcurrir a los protagonistas de cualquier tango: hombres reservados pero bien dispuestos, dueños de una sobria prestancia y fatalmente convencidos de que todo podría haber sido mejor.

       
En medio de las caminatas vespertinas el “Café Central” o el “New York” me ayudan a simular la ausencia del “Tortoni” o la “Ideal”; y hasta hay un pequeño café “Carlos” en evidente homenaje al creador de “Mi Buenos Aires querido”. Cuando anochece, un tranvía interrumpe la neblina. Me acerco al conductor –un hombre grande, de bigotes blancos y espesos- y me muerdo los labios para no preguntarle: “Maestro…¿No me lleva a Liniers?”. Lejos de sorprenderse, el tipo me sonríe con calma y asiente; como si hubiera comprendido todo.

Budapest y Buenos Aires son tan parecidas…Una fue casi la Capital de un verdadero gran imperio. La otra es la verdadera Capital de un imperio que jamás existió.

           


domingo, 27 de octubre de 2013

Último adiós a Vidampark

Nos mudamos a Hungría en pleno invierno y al segundo día, bajo la nieve, caminamos con Fabrizio frente a la puerta de Vidámpark –el parque de entretenimientos de la ciudad- y nos asomamos por sobre sus alambrados con la morbosa ansiedad con que los depredadores acechan a su presa. Con un cruce de miradas y una palmada en el hombro la cita había quedado concertada.


 

Cuando llegó la primavera, fue dionisíaco. Vidámpark no es Disneyworld. Es un auténtico parque de diversiones con aires de kermesse de pueblo. Como el “Parque Japonés” del tango “Garufa” o el viejo “Italpark” de Buenos Aires, pero con ese toque de distinción discreto e indescifrable, tan propio de Budapest.

En un carrusel de 1906 los caballos, piezas de ebanistería, galopan con irreal placidez, como en una escena de cuentos. Los autos chocadores circulan en una pista cerrada donde el objetivo es atravesar un haz de luz que cambia de lugar cada cinco segundos, garantizando así choques permanentes e irreprochables. El tren del dragón pasea por un túnel donde una sucesión de maquetas animadas evoca momentos épicos de la historia del país narrada en los poemas de Sándor Petófí (nunca-nunca-nunca le digan a un húngaro que no saben quién fue Sándor Petófi).

                           

Desde luego también están el tiro al blanco, la vuelta al mundo y todos esos juegos que giran a gran velocidad. Pero el plato fuerte es una montaña rusa, con estructura de madera y construida en 1922. Una verdadera obra de arte.

          

A esta altura del relato es fácil imaginarse que durante el verano fuimos varias veces y siempre regresamos exultantes (Fabrizio dormido y yo manejando). El 29 de setiembre volvimos a ir, pero esta vez fue muy especial porque esta vez fue realmente la última. Cuesta aceptarlo, pero el parque será cerrado para siempre. Dicen que no es redituable, que cuesta mantenerlo, que ahora los niños juegan en las consolas y que de esa forma podrán agrandar el jardín zoológico.

Una legión de nostálgicos triplicamos en ese domingo la concurrencia habitual al parque para darle  un último adiós a “Vidámpark”. Ciertamente fue un día de sensaciones agridulces. En las largas filas a veces nos mirábamos con la trémula complicidad de quienes comparten un destino injusto y no deseado. En el Laberinto del Terror, la momia y el monstruo de Frankestein inspiraban más compasión que miedo ¡Triste destino para un monstruo tener que salir a buscar empleo! Por momentos no lo puedo creer y,  una semana después, todavía no me resigno a sacarme por última vez la pulsera de plástico que servía como pasaporte a la infancia eterna que todos llevamos dentro.



           


Sin embargo yo sé muy bien que esto no puede terminar así. Debemos resistir. Todavía existen sitios seguros que no pueden ser alcanzados por las jaulas de las bestias, ni por los genios del planeamiento urbano, ni por los expertos en contabilidad. Países benignos dispuestos a darnos asilo cuando el mercantilismo nos acorrala.  Lugares como mi corazón de padre y, a partir de este párrafo, quizás también tu memoria querido lector. Castillos encantados donde Fabrizio siempre seguirá disfrutando del vértigo de una montaña rusa de madera.  Allí Drácula y el Hombre Lobo gozan de plena libertad  para poder asustarnos sin ningún remordimiento.

Y el carrusel seguirá girando. 

 






miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Quién es el más grande de los húngaros?

El 20 de agosto de 2013 en la celebración del día de San Esteban el Presidente Janos Áder citó a Esteban Széchenyi: “todo será difícil para uno pero nada será imposible para muchos”. Esa fue la única cita de su alocución. Los Jefes de Estado no improvisan los discursos de los días nacionales ni citan a cualquier persona en ellos. No creo que sea casual que en la presente coyuntura el Presidente húngaro cite a un patriota indiscutido que fue, además, un liberal conservador, un hombre moderado y un industrializador que conocía Europa y que sabía que Hungría no tenía por qué ser menos que sus vecinos. Aunque debería trabajar duro para alcanzarlos.

Esteban Széchenyi

La Residencia de la Embajada argentina se encuentra sobre una calle que lo homenajea (Széchenyi Emlekut) y desde mi llegada a Budapest me interesé por la obra de este gran hombre que después de luchar como militar contra Napoleón y de servir al ejército Habsburgo (1809-1825) comenzó a vivir los años más multifacéticos y fecundos de su vida. Por cualquiera de las siguientes razones merecería ser recordado para siempre:
Residencia de Esteban Széchenyi en Nagycenk
Interior de la residencia de E. Széchenyi en Nagycenk

-En 1825 donó el equivalente a un año de su renta para la fundación de la Academia de Ciencias.

-Impulsó, planificó y dirigió personalmente la regulación de los ríos Danubio y Tisza. La amenaza de las inundaciones (un problema de siglos) se transformó así en una oportunidad para exportar los productos húngaros al mundo.

-Construyó el Puente de las Cadenas, probablemente el más bello de los emblemas de Budapest, el Teatro Nacional y el túnel de la Colina de Buda.

-Al publicar su libro “El crédito” (1830) propuso la abolición de todo resto de feudalismo y se transformó en el precursor de la industrialización del país.

-Mediante la publicación de “Sobre los caballos” y la organización de carreras de equinos se transformó en el fundador del hipismo húngaro (ciertamente no por razones lúdicas ni deportivas sino por la importancia económica de la cría de animales).


Hombre del siglo 19, vivió intensamente todas las facetas de su vida. Como político fue partidario de los Habsburgo hasta que, en 1848, entendió que el bienestar y el progreso de Hungría requerían la revolución. A los 45 años se casó con la viuda de un antiguo amigo de quien había estado enamorado por mucho tiempo. A fines de 1848 fue internado en una clínica psiquiátrica y en los últimos años de su vida siguió publicando influyentes escritos políticos cuando su salud se lo permitía. Perseguido hasta el final por la policía austriaca se suicidó en 1860.

Su mansión y su tumba en Nagycenk pueden visitarse y reflejan con austera nobleza el carácter del personaje, aunque a Fabrizio, razonablemente, le pareció mucho más interesante el tren que lo recuerda como quien propulsó el uso del vapor en los transportes de Hungría.



Un audiovisual en el mausoleo donde descansan sus restos informa que entre sus descendientes, algunos viven actualmente en la Argentina. No conozco ninguna ciudad de Hungría que no lo incluya en su toponimia.

 

El día de su muerte, su rival político de toda la vida, Lajos Kossuth –mucho más radical en sus ideas democráticas- se refirió a Esteban Széchenyi como “el más grande de los húngaros”.Si esa es la definición de su gran adversario, no estoy en condiciones de agregar nada más.



sábado, 3 de agosto de 2013

Una larga historia de amor (Plitvicka Jezera - CROACIA - Viaje por los Balcanes II)

A lo largo de la vida, en nuestras exploraciones por bosques y montañas, muchas veces hemos caminado dos o tres horas para encontrar una caída de agua, punto culminante del viaje en el que nos detenemos  durante algunos minutos….para luego emprender el camino de regreso. En el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice (http://www.np-plitvicka-jezera.hr/) a los veinte minutos de entrar estás frente a veinte caídas de agua, y al seguir avanzando se te presentan más y más saltos, arroyos, miradores, lagunas de color turquesa, borbotones y cascadas que forman un laberinto a cielo abierto en medio de un monte encantado con 1267 variedades conocidas de plantas, incluyendo 55 tipos de orquídeas.


Buena parte del misterio se explica a partir de la existencia de dieciséis lagos ubicados a distinta altura y convenientemente comunicados entre sí. Las sales que llevan las aguas producen un efecto de calcificación de los vegetales que entran en contacto con ellas y –con el paso del tiempo- se transforman en toba calcárea: roca porosa y ligera que va adquiriendo las más diversas formas. Un muestrario de diques, puentes e islotes que han ido  mutando por la propia acción de los ríos, que son los auténticos arquitectos de este hábitat en el que 300 especies de mariposas conviven con pájaros, lobos y con el fornido oso pardo (no se asusten porque es tímido y no se deja ver así nomás).



Para visitar esta maravilla hicimos base en el Hotel Degenija (www.hotel-degenija.com)  a cinco kilómetros de la entrada Número 1 del parque. Nos alojamos en el anexo que resultó simpático y apropiado, con precios razonables, buenos espacios para estacionar y un restaurante de comida sencilla y sumamente popular (reserven mesa para evitar una larga fila de espera).




Los amantes furibundos de la naturaleza podrían pasar una vida en Plitvice pero a nosotros nos alcanzaron seis horas para llevarnos una idea de todos los encantos del parque, combinando caminata, un trayecto de 20 minutos en una silenciosa barca eléctrica, más caminata y un trencito ecológico que nos devolvió amablemente al punto de partida. Cada paso nos deparaba una nueva sorpresa al avanzar por los corredores de esa gigantesca Alhambra natural donde el arrullo de las aguas interpreta una interminable y majestuosa sinfonía.


Como una coda del rutilante concierto que habíamos presenciado al salir nos quedó tiempo para recorrer la cueva de Barac (a 12 kilómetros del parque, visita guiada de 45 minutos) donde se sospecha que hace 6000 años ya hubo asentamientos humanos.



Al volver al hotel con la luz del crepúsculo sentimos la satisfacción de haber espiado entre bambalinas algunas escenas del paciente y fructífero romance entre árboles, aguas y piedras;  en este rincón del mundo donde se confirma que no estamos regidos por el azar. El Parque Nacional de los Lagos de Plitvice es una muestra palmaria de que en la Creación hay un plan, y que lo mejor que podemos hacer por nosotros y nuestra descendencia es descubrirlo, y disfrutarlo con gratitud y delicadeza.



3. Kolovoza -  DUGA LJUBAVNA PRIČA (Plitvička jezera – Hrvatska)
Za vrijeme istraživanja šuma i planina ljudi često hodaju dva ili tri sata da bi pronašli vodopad, pred kojim se zatim zadržavaju neko vrijeme što je vrhunac takvog puta...da bi zatim započeli povratak. Dvadesetak minuta nakon ulaska u Nacionalni park „Plitivička jezera“ (http://www.np-plitvicka-jezera.hr/) nađete se pred dvadeset vodopada i daljnjim hodanjem dolazite do bezbroja novih vodopada, slapova, potoka, vidikovaca, tirkiznih jezera, izvora koji formiraju labirint na otvorenom usred začarane šume s 1267 različitih vrsta biljaka, uključujući i 55 tipova orhideja.  
Dobar dio čarolije može se dočarati na temelju šesnaest jezera koja se nalaze na različitim visinama i koja su prikladno povezana. Minerali u vodama imaju učinak kalcifikacije biljaka koje su u doticaju s vodom i, s vremenom, stvaraju sedrene stijene (stijena koja je porozna i lagana i dobiva najrazličitije oblike). Pravi je to izlog brana, mostova i otočića koji su s vremenom mutirali zbog djelovanja rijeka, pravih arhitekata ovdašnjeg okoliša u kojemu 300 vrsta leptira živi skupa s pticama, vukovima i robusnog smeđeg medvjeda (ne trebate se bojati, sramežljiv je i bježi od očiju javnosti).
Zbog posjete ovom čarobnom mjestu smjestili smo se u Hotelu Degeniji (www.hotel-degenija.com) koji je pet kilometara udaljen od ulaza br. 1 u Park. Smjestili smo se u aneksu koji je simpatičan i u skladu s okuženjem, cijene su razumne, a ima i veliko parkiralište te restoran jednostavne i vrlo popularne hrane (rezervirajte stol kako biste izbjegli čekanje u dugačkom redu).
Najveći obožavatelji prirode mogli bi provesti čitav život u Plitvicama, ali nama je bilo dovoljno šest sati da bismo dobili ideju o svom bogatstvu Plitvica u kojemu smo kombinirali šetnju, 20 minuta plovidbe tihom električnom brodicom, još jedna šetnja te putovanje ekološkim vlakićem kojim smo se vratili u točku polaska. Prolaskom kroz hodnike ove prirodne Alhambre, gdje voda svojim šumom svira jednu beskonačnu veličanstvenu simfoniju, na svakom koraku bi nas čekalo novo iznenađenje.   
Kao kulminacija ovog sjajnog vodenog koncerta preostalo nam je dovoljno vremena za posjet Baraćevoj špilji (12 kilometara od Plitvica i 45 minutna posjeta uz vodiča) za koju se sumnja da je već prije 6000 godina bila nastanjena ljudima.
Povratkom u hotel uz zadnje zrake sunčeva svjetla bili smo ispunjeni spoznajom da smo špijunirali, iza zastora scene, strpljive i plodonosne romanse između drveća, voda i kamenja; u ovom kutku svijeta gdje se potvrđuje da nama ne upravlja slučajnost. Nacionalni park „Plitvička jezera“ očiti je dokaz da u stvaranju postoji plan, i da najbolje što možemo učiniti za nas i za naše potomke je njegovo otkrivanje te zahvalno i pažljivo uživanje u njemu.

viernes, 28 de junio de 2013

La sabiduría del Tokaji (Saróspatak II)

No conforme con ser testigo de las proezas de Santa Elizabeth y de Francisco Rákóczi II, Sárospatak es también la cuna de la educación magiar. La ciudad se incorporó al patrimonio de los Rákóczi como parte de la dote de Zsuzsanna Lorántffy por su boda con Jorge I, bisabuelo del gran Francisco II. Zsuzsanna Lorántffy, propietaria de extensos viñedos y calvinista ferviente, a mediados del Siglo 17 fue la artífice del esplendor del Colegio Reformado que aún hoy sigue recibiendo alumnos y que podemos visitar en el  centro de la ciudad.

Colegio Reformado de Sárospatak

Además de ser tierra de conocimientos, mujeres ejemplares y guerreros inmortales, Saróspatak se encuentra en el corazón de Tokaj: y eso significa…una de las regiones vitivinícolas más reconocidas del planeta.  
Viñedos de la región de Tokaj
Mi guía fue Lajos Kun, un “wine maker” de toda la vida que amablemente me abrió las puertas de su propia bodega, pequeña y equipada con los últimos adelantos técnicos.  En muchas otras regiones, las  marcas y las empresas transnacionales desplazan a las familias y a las buenas tradiciones artesanales.  Nada de ello ocurre en Tokaj. Lajos Kun supervisa personalmente las cosechas, y sólo prepara vinos con uvas de sus propios viñedos, que se encuentran a pocos kilómetros de la ciudad.

Lajos Kun, Claudio Giacomino, Attila Kocsis y Fabrizio Giacomino


Después de ilustrarme sobre los procesos de vinificación,  los materiales de los toneles y los tiempos de añejamiento, el bodeguero consideró que ya estábamos preparados para la hora de la verdad.  En el barrio del Castillo, detrás de un pesado portón de hierro una escalera descendente de 85 escalones conduce al gran tesoro: las cavas de la bodega. Un corredor central con ocho túneles toscamente excavados, de 25 metros cada uno y una temperatura  constante de unos 14 grados Celsius aportan las condiciones ideales para el descanso de los vinos embotellados. Bajo la luz de las velas Lajos expone sus productos y me acompaña en la cata. Comenzando por los blancos secos más suaves y siguiendo por los legendarios vinos dulces de Tokaj (llamados “Aszu”) con sus concentraciones crecientes (1, 2, 3 “puttonyos”…hasta llegar al “Aszu” de 6 “puttonyos”, un vino denso y ambarino que parece compendiar todos los perfumes de la comarca).  En un momento imprevisto, toda la armonía de la tarde estuvo a punto de sucumbir. “Y este vino, ¿qué le parece?”,  me pregunta mi anfitrión. “Fantástico…me recuerda al Sauternes” le dije muy suelto de cuerpo con la espontaneidad de los inconscientes (un vino puede compararse con el perfume de una flor, una fruta seca, la piel de un animal salvaje, o la sombra de una adolescente pelirroja en una tarde de otoño pero …¿¡cómo se me ocurrió compararlo con otro vino!?). Por un instante sus ojos me escudriñaron con sorpresa y desazón. Luego su bonhomía pudo más y me explicó comprensivo: “Sí…en verdad algunos franceses llegaron hasta aquí pensando lo mismo…luego comprendieron que nosotros utilizamos otros métodos y que los vinos que obtenemos son, en consecuencia, muy diferentes”.  Asentí contrito y humillado. Nuestra amistad ya no volvería a correr peligro. Para certificarlo, Lajos Kun decidió homenajearnos con una experiencia infrecuente: descorchó una botella de un “Aszu 5” de 1972 (¡cuando yo estaba aprendiendo a escribir!).  Me sobran las sensaciones y me faltan las palabras para narrarles esa copa inolvidable.

Aszu 5 de 1972

En la mañana siguiente mi nuevo amigo me invitó a un almuerzo en familia. “Tengo 70 años y hoy es la primera vez que tengo a alguien de su país frente a mí. Quizás nunca más vuelva a ver a un argentino. Usted no puede negarme el placer de invitarlo a mi casa”, argumentó concluyente. Las fotos familiares, la amabilidad de los pequeños gestos y el sabor de cada plato me ayudaron a  comprender mucho mejor la legendaria generosidad de estas tierras y la nobleza de sus vinos.

Cuando  emprendí el camino de regreso a Budapest, en el espejo retrovisor del coche seguí viendo la hidalga figura de Lajos Kun saludándonos con su brazo derecho, hasta que nos perdimos en el horizonte.   


martes, 11 de junio de 2013

La Santa y el Príncipe ( Sárospatak I )

Sárospatak es una pequeña ciudad de unos 15.000 habitantes ubicada en el noreste de Hungría. Pero su importancia es mucho mayor que su tamaño; y la serenidad de sus calles invitan a la reflexión. Dos edificios sobresalen en su horizonte: el Templo de Santa Elizabeth y el Castillo Rákoczi.  Desde las orillas del Bodrog puedo contemplar alternativamente a uno y a otro y preguntarme: ¿Qué habrá sido más importante en la constitución y en el desarrollo del pueblo húngaro? ¿El espíritu o la materia? ¿Cuál es el cincel que talla más profundo en la piedra de la historia? ¿La comunión o la espada? ¿El amor o la guerra? ¿La Santa o el Príncipe?


Aquí en 1207 nació Elizabeth, descendiente de los Árpad e hija del rey Andrés II de Hungría.  A los 4 años ya estaba comprometida en matrimonio con Luis de Varburg, Conde de Turingia. Se casaron cuando ella tenía 14 años y juntos tuvieron tres hijos. Sensible al dolor de los débiles, contó con la anuencia de su marido para ayudarlos y repartir buena parte de su fortuna entre los más necesitados. Su caridad alcanzó grado heroico cuando, en tiempos de la peste, se desvivía por atender a los enfermos y darle de comer a los hambrientos. Enviudó a los 20 años y falleció cuando apenas tenía 24. En su lecho de muerte recibió una carta de consuelo de San Francisco de Asís. Cuatro años después de su muerte fue canonizada. Muy pronto se incrementó el número de niñas llamadas Elizabeth en Alemania, Italia y  España. La veneración por Santa Elizabeth se extendió rápidamente por toda Europa.
La Basílica que la recuerda en su tierra natal fue originalmente construida en el Siglo 15 aunque sufrió algunas reformas hasta el siglo 18, cuando la enriquecieron con el imponente retablo barroco que hoy puedo admirar en el altar mayor.  En el exterior, una escultura de Imre Varga la representa a caballo, junto a su querido esposo. A pocos pasos, en un pequeño museo encuentro documentos que ilustran su vida ejemplar y su legado.






Después de diez minutos de tranquila caminata llego al Castillo Rákoczi.  A fines del siglo 17,  trescientos cincuenta años después de la muerte de Elizabeth, el territorio húngaro estaba ocupado o era amenazado por los Habsburgo, el Sultán de Turquía y otras potencias extranjeras.  Los Rákoczi poseían más de un millón de hectáreas de tierra, eran la familia más poderosa de Hungría y la gran esperanza de los nobles y campesinos que soñaban con recuperar la independencia de la nación. Una pequeña esquina del castillo, con su famosa cúpula centrada en una rosa, fue testigo de las conspiraciones independentistas de Francisco I (en latín la expresión “sub rosa” denota secreto o confidencialidad). 



Su hijo, Francisco II,  fue el más grande de los Rákoczi. Nació en 1676, cuatro meses antes de la muerte de su padre, y pasó la mayor parte de su infancia bajo la custodia del Emperador Leopoldo I. Al llegar a la mayoría de edad instaló en Sárospatak su corte principesca junto con su esposa Carlota Amelia de Hessen.  
Francisco II Rákoczi estaba convencido de la necesidad de una ayuda exterior para su causa, y su inteligencia y espíritu refinado lograron despertar la atención de los mayores tronos de Europa. Pedro El Grande, dueño de ricos viñedos cercanos a Sárospatak (región de Tokaij), lo reconoció como  su amigo; y el Castillo exhibe, entre otros tesoros, un precioso armario obsequio de Luis XIV.


Héroe popular, estratega político y hombre de armas,  la vida de Rákoczi está colmada de episodios increíbles. En el fragor de algún sangriento combate sus soldados lo dieron por muerto y lo dejaron abandonado en el campo de batalla. En 1701 la Corte de Viena lo encarceló en Wiener-Neustadt y su esposa lo ayudó a escapar. En 1703  fue elegido Príncipe de Transilvania y,  bajo el auspicio de la Guerra De Sucesión Española, decidió que era el momento de encabezar una lucha frontal por la Independencia. Al frente de una armada formada mayormente por siervos y trashumantes supo complicarle la vida a los experimentados ejércitos imperiales comandados por Eugenio de Saboya, genio militar y diplomático de la época. Mandó a acuñar una nueva moneda de cobre para sus dominios y fomentó el florecimiento de la cultura sobre la base de la tolerancia religiosa. Pero el talento del patriota no se vio coronado por el éxito: en 1711 los Habsburgo llegaron a una paz de compromiso con los nobles de la región y los sueños de Rákoczi se distanciaron irremediablemente de la realidad.  En Polonia se reunió con el Zar de Rusia y en París con el Rey de Francia. Cada uno a su turno le dispensaron los mejores tratos y le prometieron protección personal, pero le retacearon lo que más ansiaba: apoyo político y militar para la rebelión de Hungría. En 1717 llegó a Constantinopla con la expectativa de una alianza con el Sultán. Vanas fueron sus esperanzas. Solamente consiguió una vivienda en un centro de refugiados de Rodosto, pequeño poblado sobre el Mar de Mármara.

Toda su inmensa hacienda, toda la fortuna de su familia fue ejecutada. Los Habsburgo habían  decidido que el nombre de los Rákoczi se borrara de la faz de la tierra. Francisco II Rákocsi vivió en Rodosto los últimos 18 años de su vida, dedicado a la carpintería y a la escritura. Tal vez en aquel rincón del Imperio Otomano, mientras conversaba y trabajaba con sus viejos camaradas de armas,  le habrán venido a la mente las enseñanzas de Elizabeth. Allí, durante sus las largas caminatas por el bosque,  Rákoczi habrá tenido oportunidad de reflexionar sobre la vanidad de las riquezas, las amistades políticas y la vida palaciega a las que –ciertamente por la fuerza-  también él había renunciado. Quizás, en aquellas  melancólicas tardes del exilio, la pasión por sus ideales y el sufrimiento por no concretarlos exorcizaron el abismo de tiempo y de creencias que lo separaban de la Santa. En esa contemplación,  en ese amor compartido por el pueblo húngaro sus almas se aproximaron y quedaron unidas para siempre… una junto a la otra. Como el amor y la guerra en la historia del mundo. Como la Basílica y el Palacio de Sárospatak.